Durante mucho tiempo sentimos que la vida avanzaba para todos menos para nosotros.
Veíamos amigos formar familias, anunciar embarazos, compartir fotos de sus hijos, mientras nosotros seguíamos atrapados entre consultas médicas, tratamientos de fertilidad y expectativas que terminaban rompiéndose una y otra vez.
La verdad es que llega un momento en el que uno se cansa emocionalmente.
Nosotros pasamos años intentando convertirnos en padres. Hicimos tratamientos de fertilidad en España, probamos fecundación in vitro y buscamos alternativas de todo tipo. Pero además del desgaste físico y económico, había algo que empezó a dolernos muchísimo: sentir que muchas veces el lado humano desaparecía dentro del proceso.
Todo terminaba convirtiéndose en números, estadísticas y protocolos.
Y nosotros solo queríamos formar una familia.
Cuando escuchamos por primera vez sobre la posibilidad de hacer un proceso de gestación subrogada en Ucrania, sentimos mezcla de esperanza y miedo. Muchísimo miedo. Porque tomar una decisión así implica enfrentarse a preguntas enormes.
¿Funcionará?
¿Es seguro?
¿Cómo es realmente el proceso?
¿Qué pasa legalmente?
¿Qué ocurre si algo sale mal?
Recuerdo que durante semanas hablamos únicamente de eso. Había noches enteras imaginando escenarios, leyendo información y tratando de entender si de verdad éramos capaces de dar un paso tan importante.
Finalmente decidimos avanzar después de conocer a Gestlife y sentir, por primera vez en mucho tiempo, que alguien realmente nos escuchaba.
El miedo con el que empezamos nuestro proceso en Ucrania
Aunque hoy contamos esta historia con tranquilidad, la realidad es que al principio teníamos muchísimas dudas.
No solo sobre el proceso médico, sino también sobre toda la parte legal y emocional. Porque cuando una pareja empieza un proceso de gestación subrogada internacional descubre rápidamente que no se trata únicamente de querer tener un hijo.
Hay contratos, viajes, documentación, permisos y muchísima incertidumbre.
Nuestro primer viaje a Ucrania estuvo lleno de nervios. Íbamos ilusionados, sí, pero también muy asustados. Era la primera vez que sentíamos que realmente podíamos acercarnos al sueño de convertirnos en padres y eso hacía que el miedo fuera todavía más intenso.
Allá dejamos el material genético y comenzó todo.
Tuvimos mucha suerte desde el inicio porque lograron crear los embriones y además la gestante quedó embarazada rápidamente. Cuando recibimos esa noticia nos costó muchísimo reaccionar.
Después de tantos años de frustraciones, uno aprende casi automáticamente a protegerse emocionalmente de las buenas noticias.
Pero poco a poco empezamos a permitirnos ilusionarnos.
Y eso fue hermoso.
Vivir el proceso en medio de una situación difícil
Nuestro caso ocurrió en un momento especialmente complicado para Ucrania. Y eso hizo que todo se sintiera todavía más intenso.
Había preocupación constante por la situación del país, por los viajes y por todo lo que podía pasar durante el embarazo. Sin embargo, algo que jamás olvidaremos fue el nivel de apoyo que recibimos durante todo el proceso.
Tanto el equipo en Barcelona como el equipo en Ucrania estuvieron presentes en cada etapa.
Siempre había alguien disponible para responder preguntas, ayudarnos con documentos, explicarnos los siguientes pasos o simplemente tranquilizarnos cuando la ansiedad aparecía.
Eso hizo toda la diferencia.
Porque sí, el proceso puede ser duro emocionalmente. Hay momentos de incertidumbre, nervios y muchísimo cansancio mental. Pero sentir que hay personas acompañándote cambia completamente la manera de vivirlo.
Recuerdo especialmente el segundo viaje a Kiev.
Fue emocionalmente pesado. El contexto era complicado y nosotros llegamos agotados después de tantos meses de tensión acumulada. Pero aun así nunca nos sentimos solos.
Cada vez que aparecía algún inconveniente, había alguien ayudándonos inmediatamente. Y eso nos permitió atravesar el proceso con mucha más calma de la que imaginábamos al principio.
De hecho, algo que repetimos mucho ahora es que el acompañamiento humano terminó siendo tan importante como toda la parte médica y legal.
Porque cuando uno está emocionalmente vulnerable, sentirse contenido hace una diferencia enorme.
El momento en que por fin entendimos que todo había valido la pena
Nunca vamos a olvidar el instante en que vimos a nuestra bebé por primera vez.
Fue uno de esos momentos donde todo parece detenerse.
Después de tantos años deseando ser padres, después de tantas dudas y tanto desgaste emocional, finalmente estábamos ahí, sosteniendo a nuestra hija en brazos.
Y honestamente, no existen palabras suficientes para describir lo que sentimos.
Era felicidad, claro. Pero también alivio. Muchísimo alivio.
Porque el camino había sido largo.
Muy largo.
Volver a casa con ella fue probablemente el viaje más emocionante de nuestra vida. Estábamos agotados, pero felices de una manera difícil de explicar.
Ahora, cuando vemos a nuestra hija crecer, jugar y llenar la casa de ruido y desorden, pensamos muchísimo en todo lo que vivimos para llegar hasta aquí.
Y entendemos que cada etapa, incluso las más difíciles, formó parte de nuestra historia.
Por eso, cuando otras parejas nos preguntan cómo fue realmente vivir un proceso de gestación subrogada internacional, siempre respondemos lo mismo: no es fácil, pero tampoco es imposible.
Hay miedo. Hay dudas. Hay momentos muy intensos emocionalmente.
Pero también hay esperanza.
Y a veces, después de muchísimos años intentando cumplir el sueño de formar una familia, la esperanza termina cambiándolo todo.
